Hay un instante, silencioso y casi imperceptible, en el que cualquier persona (incluso desde la infancia) deja de vivir su propia vida y empieza a vivir la de otros. No ocurre de golpe. Ocurre poco a poco, decisión tras decisión, hasta que un día te miras por dentro y no reconoces del todo quién sostiene y dirige los mandos de tu vida. Puede que sigas ocupando el lugar central de tu historia, con la voz firme y la agenda llena, pero si eres honesto contigo mismo, sabes que el guión lo escribió otro. La familia, quizás, con la mejor de las intenciones. La sociedad, con su idea muy concreta de éxito y de lo que «se supone» que debe ser una vida bien vivida. O, más doloroso todavía, tú mismo, autosaboteándote en silencio, anticipando lo que los demás esperaban de ti antes de que ellos siquiera lo pidan.
Crecemos aprendiendo a interpretar las expectativas ajenas con una precisión asombrosa y, sin embargo, llegamos a la vida adulta sin saber leer lo único que de verdad importa; nuestros propios valores esenciales. Así que delegamos nuestra vida en otros. Y es irónico porque hasta lo hacemos con un disimulo y una elegancia increíble, incluso con éxito aparente, porque una vida en piloto automático también puede parecer una vida de éxito alcanzado. El problema es que ese éxito es el de otros alojado y viviendo en ti. No tu verdadero éxito, misión u objetivo en la vida.
La incomodidad que en realidad es una señal
Cuando alguien empieza a sentir que algo no encaja —ese malestar difuso, esa sensación de estar viviendo correctamente una vida que no es del todo suya— suele interpretarlo como una crisis que hay que superar cuanto antes, casi como una anomalía. Pero esa incomodidad rara vez es el enemigo. Es información que nos llega de dentro, de nuestra intuición e inconsciente. Es el aviso de que ha llegado el momento de dejar de reaccionar y empezar a decidir. Preguntarte, con absoluta honestidad y valentía: ¿esto que vivo lo elegí yo, o lo heredé sin más de otros sin cuestionarlo?
El coste silencioso de vivir el plan de otro
Por supuesto, nadie habla del precio que se paga por evitar ese enfrentamiento con uno mismo (y con los demás):
- Vivir años en una vida que funciona por fuera y de cara a la galería, pero que ya no te representa con honestidad por dentro.
- Levantarte cada lunes sintiendo que estás «cumpliendo» con lo que se supone que eres y tienes que hacer, pero no viviendo verdaderamente tu vida alineada con tus valores esenciales.
- Conseguir objetivos y descubrir que, cuando llegan, no te hacen sentir como imaginabas. Porque no eran tuyos eran de otros vividos en ti.
- Posponer una y otra vez esa decisión, ese cambio que sabes que deberías tomar.
- Convertir el “ahora no es el momento” en años enteros de aplazamiento hasta que, incluso, puede llega a ser demasiado tarde realmente.
- Decir que sí cuando quieres decir no y acabar sintiendo rabia, ira contenida, sensación de estar traicionándote a ti mismo y agotamiento interno por una pérdida brutal de energía.
- Mantener relaciones, trabajos o proyectos que ya no quieres porque te aterra decepcionar a los demás y lo que estos esperan de ti.
- Acostumbrarte tanto a ser quien los demás esperan que seas que llegas a no saber quién eres cuando nadie espera nada de ti.
- Mirar hacia atrás dentro de diez años y preguntarte: “¿Qué habría pasado si hubiera tenido el valor de elegir mi propia vida?”
- Y quizá el precio más alto de todos: acabar confundiendo una vida aparentemente «segura» con una vida que sea verdaderamente tuya.
Todo ello supone un desgaste lento que se acumula día a día hasta convertirse en una forma de vivir «correcta» a los ojos de los demás, pero apagada, sin combustible y energía propia. He acompañado a personas brillantes en su profesión que jamás se habían hecho la pregunta más importante: para qué hacen lo que hacen, en realidad. Y he sentido, en primera persona, la extraña comodidad de vivir bien instalado en un rumbo ajeno, porque cuestionarlo obliga a asumir una responsabilidad que asusta y es que, a partir del momento en que decides tomar los mandos, si algo sale mal, ya no habrá a quién culpar. Y eso a nuestro cerebro reptiliano y primitivo no le gusta, ya que no lo importa para nada nuestro desarrollo y felicidad sino nuestra supervivencia en exclusiva.
Ahí está, precisamente, la enorme ventaja de recuperar la vida que era tuya pero te enseñaron (y has aprendido, en cierto modo) a olvidarlo. No es solo libertad. Es dignidad. Es la posibilidad de mirarte al espejo y saber que ese camino lo elegiste tú, con todas sus consecuencias y con toda su belleza. Que tú has sido el diseñador, el arquitecto, el director y guionista de tu propia vida, no un actor secundario o extra en la película de tu vida.
Un verdadero acto de amor contigo, no de rebeldía gratuita y caprichosa
Quiero insistir en esto porque suele malinterpretarse en ocasiones: reclamar el control de tu propia existencia no nace de la ira hacia quienes diseñaron parte de tu guión en la vida. Nace del amor por uno mismo y de cómo nos tratamos, porque solo quien se respeta a sí mismo, puede respetar a los demás y sostener un rumbo verdadero en medio de la presión social y lo que es más importante, puede empezar a amar a los demás aportando el máximo valor que tiene para hacerlo. Una persona que ha vuelto a colocar las manos en los mandos de dirección de su vida, irradia una calma que transforma, una autoridad magnética que no necesita imponerse. Y ¿sabéis por qué? Porque nace de la absoluta coherencia entre lo que piensa, siente, dice y hace.
El primer gesto es saber dónde te encuentras ahora
Antes de volver a tomar los mandos de tu vida de forma honesta y trazar cualquier nuevo rumbo, hace falta algo fundamental: Saber cuál es tu posición actual. No se puede diseñar un Plan de Vuelo real sin saber, con honestidad, desde qué punto exacto estás partiendo. Por eso he diseñado un test, breve, revelador y que ya ha ayudado a muchas de las personas que acompaño. Un ejercicio esencial en mis procesos de mentoría y transformación que antes solo estaba reservado para mis clientes de pago y que ahora te ofrezco gratuitamente a ti. Y está pensado para ayudarte a identificar con claridad desde dónde estás viviendo tu vida ahora mismo y en qué nivel de sobreadaptación estás situado. Te dará algo que considero muy valioso, un estado de la situación y un punto de partida verdaderamente honesto sobre el que empezar ese proceso de recuperación vital real sin culpa y en coherencia con tus valores más esenciales y que son lo que te definen como ser humano único, con una misión de vida única.
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